jueves, 29 de mayo de 2014

El encuentro tras el ocaso



Pasadas las horas muertas mirando el trozo de papel carcomido por el tiempo con detenimiento, llegué a la conclusión de que nada malo podía venir a mí de aquel modo, pues Tom era todo lo que tenía y estaba a buen recaudo en la misma habitación en la que le había atisbado horas atrás. Supongo que perdí la noción del tiempo porque cuando miré por la ventana era ya día, aunque la luz poco se diferenciaba de la de la noche por las nubes que parecían que no se irían nunca.
Cogí el maldito objeto de mi desidia y estuve a punto de abrirlo sin más, sin darle importancia, pero la fragancia de aquel hombre misterioso me volvió a embriagar, me impregnó las manos y se quedó revoloteando en el ambiente, poniéndome el escenario de mi corta obra de teatro mustia de una mañana de viernes sin nada de especial. Al abrirlo una letra sin cuidado alguno y poco legible que rezaba una calle y un número que nunca había oído y que dudo que fueran correctas o que se encontrasen en Londres siquiera. Abajo del papel y viéndose que se había escrito en el último momento, como algo que había venido a la mente del escritor justo antes de que le robasen su manuscrito, observé que se indicaba Oxford Street sin más y una esquina que reconocí por su afamada taberna.
Recaí también que señalaba “a partir del ocaso”, lo cual me resultó lo más difuso de toda la nota si es que algo de verdad tenía sentido en todo aquello.
                Deambulé el resto del día sin prestar mucha atención a lo que hacía, dejando aquí y allá alguna que otra taza de té sin terminar o libros abiertos por una página al azar. Me dominaba la curiosidad y Tom lo apreciaba, pero en su solidez no quiso perturbar mis vuelos, y me dejó soñar despierta las veces que mantuve con él conversaciones fugaces y efímeras desde que se levantó de su letargo hasta mi partida. Llegado el momento me tomé mi tiempo para acicalarme sólo lo justo: no era de la clase de mujeres que llevan el pelo recogido tan tenso e incómodo como los corsés, yo era más bien un alma libre, dejaba mi pelo a merced del viento y poco me importaba si algún que otro hombre descaradamente observaba mi camisa sin acabar de abotonar o una ropa interior más decorada de lo habitual.
Cogí la falda de color rojo sangre en honor al pañuelo de mi misterioso visitante, la camisa blanca de Tom milimétricamente almidonada, una chaqueta y mi sombrero favorito, y salí de nuestra casa sin preocuparme mucho de si se cerraba bien la puerta o de si alguien iba a necesitar de mí en las próximas horas. Sí es cierto que salí a una hora pasada el ocaso y cuando se acercaba más a la medianoche que a al día que había corrido, y paseé sin miedo hasta llegar a la calle, que se hallaba desierta a excepción de por los borrachos que volvían en busca de sus mujeres dando tumbos.
Anduve por la calle sin detenerme en ningún lado en especial, con la suerte o la desdicha de que no sabía ni lo que buscaba ni qué hacía allí. Por un segundo y en esos pasos que ya había mecanizado, retomé un poco la cordura y me dije a mí misma que estaba loca si creía que de todo esto iba a salir algo bueno o siquiera decente, aunque, como siempre, ese estado no duró mucho y retomé mis aletargados pasos con más decisión que antes. Y en esa decisión atisbé a lo lejos un carruaje aparcado en frente de la esquina que yo había reconocido, del cual salió un mayordomo muy bien arreglado.

                -¿Una taza de té, señorita Andrews?-dijo el hombre con total convencimiento.

Respondí un no aturdida por el hecho de que aquel hombre supiera mi nombre, y me subí al carruaje, donde me siguió el hombre con una sonrisa en la cara. Fue allí y durante un camino que se me hizo eterno, cuando empecé a apreciar los matices de aquel hombre que se sentaba frente a mí: las canas inundaban su cabellera dejando ver un magnífico pelo rubio de antaño, penetrantes ojos grises espejos de alguna tristeza que supuse era demasiado profunda, sonreía por inercia pero , cuando tuvo un descuido, pude ver un semblante serio y perturbado. El traje que me había parecido de lo más normal, sin embargo, iba ribeteada en hilo de plata con el mismo símbolo repetido aquí y allá.
Poco a poco salí de mi aturdimiento por el barullo de sensaciones y emociones que se amontonaban en mi cabeza, zumbidos incesantes de mi desajuste intrínseco, y fue en ese despertar que recaí en que llevabamos un rato parados en medio de la nada y con un gran caserón en frente. 
El mayordomo me ayudó a bajar, aunque fue más una concesión mia hacia su honra que un ayuda real. Y cuando salí de la oscuridad, una enorme escalera flanqueada con candiles y engalanada para la ocasión, me sorprendió y me engulló de golpe. 

El hombre de la carta, mi mensajero y pecado, me esperaba en la puerta, impertérrito y majestuoso, con un traje elegante y sin pañuelo, como esperando que le devolviese lo que era suyo, cosa que no tenía intención de hacer, porque sólo le había concedido un pequeño punto en nuestra batalla.

                -Querida, confiaba en que vendrías pero tenía una duda existencial sobre el pañuelo, pero veo que me has concedido la mayor de las provocaciones. Siempre he alabado eso en una mujer. Quizás el punto que me habías concedido, te lo has ganado a pulso.

No me inquietó que supiera de mi, que me conociera ya bien, pero me asustó su sonrisa, esa que, al entrar en la casa, creía que no vería, pero que un espejo traicionó.

jueves, 22 de mayo de 2014

A medianoche



Dejé inconclusas todas las notas de aquella tarde de lluvia y hastío por las penas de no poder olvidar el amor que se hallaba lejos en los brazos de un dios temporal y pasajero, como las brisas del desierto que no cesan. Me atreví en un susurro a atravesar el pasillo largo y complicado que articulaba nuestra casa, aquel pasillo que temía desde que tenía uso de razón y el cual era testigo de la velocidad de mi pasmo. Al atravesarlo, la puerta entreabierta me dio la calma con el atisbo de una silueta que se alzaba y decrecía lentamente por la respiración pausada. Todo Tom era paz mientras que yo era un caos de ideas y sentires que hasta a mi me costaba descifrar, y aquella imagen de sosiego lo dejaba claro ante mi preocupación absurda.
Volví a tientas, para no despertarle con luces inoportunas, aunque era bien conocido que ni mil elefantes indios despertarían a Tom aquella noche de sueños en los que los campos que jamás había conocido, se hacían realidad. Me acomodé en mi sofá, ese estilizado y con unas enormes orejeras que no habían sentido mi cabeza pesada por el sueño nunca, que estaba en la esquina de nuestra biblioteca como quien deja un trapo en cualquier rincón de la casa por error. Yo lo odiaba bastante al principio, pero con el tiempo se convirtió en el compañero fiel, de terciopelo rojo, de mis noches en vela.
El cuervo del reloj de pared me miró descarado, como el de Poe sobre el vano de la puerta, pero ignoré su persistente paseo por mi rostro para intentar sumergirme de nuevo en alguno de los libros de la biblioteca de nuestra casa, llena de obras que yo había desgastado con los años y que Tom apenas miraba (creo que por el miedo a que sus sueños ya no fuesen tan bellos).
                Un golpe sordo y firme llegó a mí, queriendo imponer su presencia en mi relativa calma para llenarla de incógnitas que no sabía si quería despejar. Decidí ignorarlo y concentrarme de nuevo en los versos de Baudelaire. Otro golpe. Resonaban en mi cabeza las palabras de mi maestro  “La tranquilidad es un mero puente entre dos mundos de caos” solía decir cuando me veía tan taimada a ratos, sabiendo que poco después sería presa del pánico o de un miedo atroz que poco podría rebajar.
Decidí aprovechar mi posición de ventaja para asomarme al cristal de la ventana, que se empañó de inmediato con el calor de mis labios y el frio del crudo mes de Enero británico. Antes de ver la puerta, vi el cielo, que milagrosamente se había despejado un tiempo, y supongo que tomé eso como una señal divina, o simplemente le di a mi curiosidad las llaves de su libertad. Fuera como fuese, anduve lentamente hacia el rellano con pies de plomo después de haber visto una silueta que nada me decía desde las alturas.
                En la puerta, inmóvil como estatua de piedra, se hallaba un personaje particularmente cobijado del frío con una gabardina beige, abotonada hasta arriba, pero que dejaban ver un traje de tweed verde oscuro que hacía juego con sus ojos, y que estaba cuidadosamente colocado sobre una camisa de seda y un pañuelo rojo sangre. Me recordó a un dandi, a un Don Juan moderno que se había atrevido a aparecer por mi morada a altas horas de la madrugada, con el porte de quien se ha levantado temprano después de un descanso reparador. Mi silencio no le molestaba, tampoco mi mirada que paseaba de aquí para allá, deteniéndose en los detalles que me parecían más recalcables, obviando todo aquello que me parecía insignificante para una personalidad que gritaba a los cuatro vientos que era diferente y que no iba a cambiarla por nada del mundo.
Noté que sus ojos se paseaban lentamente por mi rostro, por la melena alborotada, por el medallón que colgaba sobre la camisa, por mis manos y por mis pies descalzos. Y cuando se creyó satisfecho, dejó que mis preguntas se respondiesen solas con el mero hecho de dejarme seguir allí plantada en la puerta, y con él pasando frío al otro lado del umbral.
Y entonces recaí, que quizás esperaba a que lo invitase a entrar, no como acto de cortesía, sino como necesidad. Y debió ver el pánico en mis ojos, o algo le hizo que se hartara de aquel gélido aire, que pasó sin más y cerró la puerta para que yo dejara de tiritar. Y entonces hizo algo que no creía capaz de hacerme sentir bien: me abrazó. Duramente recordaba la última vez (que creo inexistente) que un abrazo dejaba de ser algo ajeno para ser algo de dos. El calor me empezó a inundar con dulzura primero, con vigor después; sus manos pasearon por mi espalda lentamente, como un ciego que estudia el rostro de alguien desconocido, y se acostumbró a ciertas zonas en las que simplemente hacía círculos o me atraía hacia sí con más presión. Fue en ese momento que dejé de contener el aliento, acto inconsciente por mi parte, y también el momento en el que Tom profirió un terrible ronquido que asustó a mi visitante y le hizo alejarse lo suficiente como para mirarme a los ojos con un poco de miedo.
Y cuando me miró, fue como ver el cielo de un vistazo eterno, como recorrer el firmamento en un segundo y sentir la pequeñez que pesa. El pelo, negro azabache, se peinaba a voluntad y enmarcaba un rostro de facciones definidas por unos labios carnosos y unos ojos que no podía sostener. Quise besarle como nunca había besado a nadie, pero volvió a ser él quien se adelantó de una manera inesperada: sacó una nota pulcramente doblada de su bolsillo, la puso en mi mano deteniéndose en cada roce, me dio un beso fugaz en la mejilla…y se fue.

jueves, 15 de mayo de 2014

Un sentir particular.

Inoportunos silencios
en los albores del mundo,
en las ráfagas de vida, 
en los amores pasajeros.

Pérdida marchita
de un sentido moribundo,
podrido de ira,
sarcásmo de mensajero.

Volantes de uranio,
pozoñoso el calor
y mechado el daño.
Aires de ti
en suspiros de los otros,
en tus caricias me baño.

Breve gozo,
breve beso
y breve el deseo
de anhelo,
de mentiras
y de gloria.

jueves, 8 de mayo de 2014

Canto a las luces y a la vida infinita



Creídas iniciadas
las delicias de la vida,
y consumada
la más soberbia de las inquietudes,
me dispuse
en cobarde intento
a empezar a jugar
al juego de la muerte.

Si bien vivía y reconocía,
no eran serias las corduras
comedidas y desleales,
acérrimas de la palabra
apodada desvarío.

Era cada triunfo mío
un logro suyo,
y cada derrota
igual para su antojo,
que no diferenciaba
y se arrojaba,
loca rematada,
a tomar de mi vidrio
un sorbo salado.

Cada día era en vano
y le llovían borbotones
con mi nombre
y mi delirio.
Bebía sin saciarse
todo momento que podía,
como elixir dulce
que poco a poco la vencía.

Era vicio el momento culmen
de la espera desesperada,
planeaba en mi otoño
el jolgorio absoluto,
se mofaba de mi
desde la altura prudente
como si pudiera cogerla,
o acaso quisiera
con mis manos llevarla a su suerte.

Y fue al final,
cuando mis ojos entornaba,
que vi que eras tú quien me llevaba
dulcemente a la paz.
Hice de sus victorias mi batalla
y gané la última de todas
para ser eterna
en lo etéreo de tus recuerdos.

jueves, 1 de mayo de 2014

Recuerdos de tu amar

Dame los besos
que se pierden
en tus labios
con silencios que matan.
Cura el desengaño,
el amor,
el deseo,
o las ganas de quererte,
con un sueño
o con el viento,
que me susurra
que no me vaya.

Son las luces
de esta habitación
que me dicen
que me quede,
te socorra
o te empuje
al más loco desengaño.

Tu piel
quema mis velos,
les da vida,
titilan en mi cuerpo
y revocan mi fe,
me convierte
a una nueva religión,
de dios pagano,
de dios tu nombre.

Sueño en cualquier noche
o todas a la vez,
que se apaguen
las ilusiones
que me llevan a tu querer,
que me guían
por el abismo
de tus encantos pasajeros
de tu aura permanente.

Despierto hoy
sintiendo aún tus besos,
tu piel
y tu alboroto,
te siento en mi cama,
en el aire,
en la vida,
ojalá algún día
sea ese sentir la realidad
de mí, yacer vacía.