domingo, 16 de noviembre de 2014

Arrepentimientos futuros

¿No has sentido alguna vez que la vida se te escapaba de las manos? ¿O quizás que la lucha no valía para nada, que se iba la alegría por mucho que gritara tu corazón lleno de esperanza? Supongo que hoy es ese día para mi. De nuevo.

Busco en la mirada conocida un destello de alegría, una chispa que antes veía día a día y que creía indómita. Esa chispa que vagaba libre por mi cuerpo, que se avivaba con un simple vistazo, parece ahora taimada y sobria, como las caricias que van a morir a mi mar particular.
He querido darte la vida misma, la mía entera, en un intento de ser plena con la felicidad de otro que no era yo, que nunca sería mi más profundo sentimiento porque el cuerpo de uno nunca puede permutar. He querido despreocuparme del mundo para ser el mundo ajeno, para tener el universo paralelo del cuál hice la bóveda celeste entera como si de un puzzle se tratase. Un mundo, una bóveda y una pila infinita de iluciones vanas y absurdas basadas en los ojos cegados de luz y en las ganas de vivir.
Es curioso cómo uno se agarra a las cosas que le sobrevienen, por miedo a morir en ellas o a perderse en el camino buscando algo mejor, porque nunca sabemos el revés que nos prepara la vida a la vuelta de la hora, o tal vez por el miedo de morir solos, cuando en realidad todos acabamos solos, y en ese último suspiro, cuando ya no hay nada más posible, cuando las opciones han quedado reducidas a dejarse llevar; es entonces cuando estamos solos y repasando lo que hicimos y lo que no. Será entonces cuando me arrepienta quizás de un beso, de un poema o de una lágrima que nadie merecia.

Como consuelo me ahogo yo misma en las dudas y entre mis queridas máscaras, esas que la gente tanto quiere, esas que no son yo. O sí, quizás sí que sea una de esas caretas. La cosa es que ya no sé quién soy debido a ellas, quizás me haya perdido en todo ello, quizás nunca he sido yo sino una camaleónica actriz de circunstancias. Quizás no me encuentre nunca, o sea mañana un día de gloria. Hasta entonces es mi opción hacer de este momento algo borroso y empañado, por dolor interno o por el simple gusto de tener algo más de lo que arrepentirme, eso es lo de menos.

jueves, 30 de octubre de 2014

La nota del encanto

Se me metió la música
en las venas,
en el sentido
y en la piel.
Me susurraba locura,
me infundía libertad,
daba alas a su hijo ciego
y el violín al sordo.

Fue la danza entonces
compañera traicionera,
burladora y desagradecida,
quien me dio pies
que ya tenía,
y sentidos
de los que carecía.

Se apoderó de mi cuerpo
el viento cambiante,
secó los ríos a su paso,
hizo de mí, escultura de barro,
fina porcelana,
quebradiza y brillante.

Debería sentir
culpabilidad recorriendo
el mayor sentido del hombre,
ese entre la cabeza y el corazón,
un nudo de garganta,
un clic de autonomía agonizante,
y sentí libertad
como prohibición.

Fue entonces
decidida al suicidio,
todo daba igual,
el mundo evaporado,
y las luces consumidas,
la pasión necesita alas
y un violín que la guíe,
y alguien que baile
al son de un ave
llamada libertad.

martes, 2 de septiembre de 2014

Sesión IX: De la tormenta en la balanza

Me he quedado dormida pensando en ti, en tus brazos rodeándome y tu voz susurrándome al oído. Eres como una extraña obsesión que va aquí y allá por mi mente como si fuera imposible evitarte, como si, aunque no lo recordara, pudiera volver a sentir tus labios o, con suerte, tu aroma.
Todo lo impregnas en estos días de verano tardío, en los que deseo un giro inesperado del destino o de un golpe de suerte sin más. Cuando todo lo llenas, todo lo invades, haces irse a todo lo demás: todos los miedos, todos los temores, todo el dolor se difumina, como las notas que se suceden en el piano.
He sido increíblemente paciente con ello, aún cuando me come por dentro la desdicha de que estés lejos, inalcanzable, y a un paso a la vez. Te amparas en la lejanía y en una promesa que sé absurda. Y mientras te pienso se me pasa la vida, queriendo sentirme a salvo o correr o poco de riesgo, o todo a la vez. Mientras te pienso, crece un deseo que sólo tú y yo sabemos que existe, que alimentamos poco a poco, que dejamos correr libremente y al que cortamos las alas todas las noches pensando que quizás mañana.

Con todo ello, la balanza juega con mis ojos, con mis impresiones y me observa mientras barajo las opciones, tan claras por los eventos pasajeros, pero tan absurdas desde la lejanía. Ese juego también me lleva a la más profunda frustración, a pensar en ideas descabelladas que me lleven a una realidad alejada de la necesidad de bailar.
Y cuando juega la balanza, se abren los corazones, me hace sentir pequeña y me vuelvo insignificante, cualquier necesidad se vuelve absurda y aborrezco cualquier sensación que no me deje concentrarme en ti o desplazarte por completo de mi mente. Pero eres hijo del mar, y vuelves como las olas en la tempestad, traes la tormenta de nuevo.

A mis espaldas, además, oscura y absurdo se empeñan en, con nimiedades, poner a prueba mil y una veces al día mi paciencia, la cual creía infinita. Buscan las cosquillas ajenas con acciones irritantes y repetitivas, que colman el vaso una y otra vez, sin descanso, y el cual yo me empeño en beber antes de que se desborde.

Así, a mis ojos inocentes se les antoja la mejor de las soluciones correr a tus brazos, sin pausa, con la esperanza de que algún día llegue tu calma y me invada.

Eras tú.

Ráfagas de ti
me asolan
con tu nombre,
y el susurro de los besos
de almas perdidas
de mis hombres.
Soplan de poniente
audaces como rayo
sentidos pesares,
temidos por locura
o por audacia pasajera
de dulces cantares.
En mi sueño
profundo,
taciturno,
has sido un reflejo,
un simple llanto
de la noche interminable
de pasillos en la noche
y de niebla en los espejos.

viernes, 29 de agosto de 2014

Al hombre ocasional

He bebido
de los aires de la luna
en cada paso de tu vida
de tiempo en tiempo.
He soñado
alma mía de bronce
que venías con la respuesta,
que no era hielo.

He dado
a mi dañado escombro
un motivo de alegría
o una pena sin remedio.
He vencido
o eso he creído
al demonio de mis sueños
o de pesadillas en medio.

Hemos visto
la locura en los ojos
del rival
o del hermano herido,
ansiado de oculto
o de sombra
o de todo junto,
lo querido.

Hemos sido
amantes en la noche
en los sueños del otro
y en escaleras de nadie,
sin ruido
y sin silencio
de los corazones ardientes
que nuestro cuerpo irradie.

Sesión VIII: Jugar con fuego y la pena del intento

El jugar con fuego te hace fuerte, te alerta, te predispone para lo peor. Y uno juega con fuego porque el corazón se lo pide, porque hay algo que sabemos pendiente y no sabemos si de verdad debería ser así. Pero lo peor del mundo es jugar con fuego en la cabeza, porque uno imagina y se ilusiona, hace castillos de arena con ideas absurdas de un mudo paralelo a la par que se derrumba el que de verdad. Y esas ideas se recrean y se guardan, te esperan durante meses o años buscando el momento para asaltar tu duda, mover tus cimientos y hacerte plantear todas las cosas de tu vida presente, te obligan a tomar decisiones que cambian tu vida para bien o para mal.

Cuando jugamos con fuego es por algo, porque algo no va bien o no nos cuadra, porque necesitamos sentir una chispa nueva que nos lleve a las aventuras prometidas que nunca llegaron a producirse. Ojalá el fuego no quemara y jugaramos en él en mundos paralelos sólo por matar a ese maldito bicho llamado curiosidad.

Por otro lado, la pena de la incertidumbre es algo que mata lentamente, como un cáncer que se agarra a la suerte del decaído, intentando hacerse más fuerte comiéndoselo todo, aún sin saber que con la muerte del sujeto muere uno mismo. He muerto de despejar la incertidumbre tantas veces que ya he olvidado la primera. Y ahora me debato en la incertidumbre de las pérdidas, de un arrebato de pasión y otro de desgana, de sobrevivir al mañana con otra ilusión distinta o algo que me anime o me señale, por dicha, el camino a seguir, porque si me siento de algún modo, ese es el de perdida.

jueves, 28 de agosto de 2014

Sesion VII: La negación de lo inesperado

Uno espera la negación de quien le ha negado antes. Uno espera la negación de quien sospecha. Incluso la espera de quien es receloso del cariño desinteresado. Pero nunca espera la negación de quien más quiere, de quien ha observado como apoyo único e incomparable.

Cuando se vuelve ese pilar y se derrumba, te queda un hueco que llena la duda y el pesar y que se antoja incomprensible. Es más, cuando afirman lo absurdamente incierto, empiezas a reconstruir en tu cabeza todo aquello que has hecho intentando comprender el qué causa eso, si eres tú o es él, o la circunstancia o una mera coincidencia. Empiezo a entender que no todo es culpa mia quizás y que hay cosas que por muy bien que lo hagas se tuercen.

He empezado a creer también que lo que está para ti...nunca se va. Las coincidencias no existen y cuando vuelven a ti por mucho que pasa, te da que pensar en que quizás todos esos esquemas mentales que uno se hace de cómo será tu vida, de pronto un día la vida cambia de rumbo y es sólo el destino lo que sabe lo que te esperará.

En cualquier caso, dejemos que el destino decida su propio cauce.

lunes, 25 de agosto de 2014

Sesión VI: La tristeza de uno mismo

Hay días que se levantan torcidos, como hoy. Porque alguien piensa lo que no debe. Porque otro toma por ofensa algo que malinterpretamos. Porque otro más decide pasar de un tema. Y hoy es uno de esos días.

Parece que como algo más, aunque el dulce sigue siendo mi temor y por eso sólo lo pruebo y no con demasiado ánimo. El resto de la comida sigue siendo algo que no me interesa ni me apetece, pero que medio soporto a ratos y depende de qué cosas. También he creado un ritual absurdo que parece que en mi subconsciente me salva de ponerme enferma pero que sé que es tan absurdo como mi mismo miedo: media hora después de comer sentada y nada que requiera esfuerzo o dormir hasta dos horas después. A veces estoy agotada y necesito acostarme pero aguanto hasta las dos horas para que "no me pase nada". Y cuanto más lo hago más absurdo me parece y más necesito seguirlo a rajatabla. No ceno más tarde de las 10 por paranoia de que me pase algo. Miro cada cosa que me como con la probabilidad de que esté mal y me ponga enferma de nuevo. No soporto esa idea.

Pero si tengo que mencionar algo que me haga estar tan alerta como agotada es la pelea constante, la disputa absurda que se produce porque algo les molesta aunque sólo sea porque no han fumado, o porque quieran ofenderse porque me levanté más tarde de lo que había dicho que lo haría para hacer algo mio. Esa disputa y las malas caras, como jueces impertérritos y acusadores desde lo alto, me hacen entrar en esa pena que yo no controlo y que me lleva a la melancolía sin lágrimas, que es la peor de todas, porque se queda dentro del corazón y se acumula esperando a dar la estacada final. Esa pena me recorre, por no ver a quien no tengo que entretener por necesidad obvia, o por verme arrastrada a cosas que no concibo y que no quiero hacer pero que hago, porque el no sería una disputa de tamaño monumental.
Me he dado cuenta de que me da miedo decir que no, por si dejan de quererme o de apreciarme o me montan una nueva escena propia de la mejor telenovela de sobremesa. Sea lo que sea, cada vez que digo que no, una mezcla de extrañeza y odio cruza los ojos del que lo recibe, y éste, con ayuda de algún diablillo interior, urde mil y una historias del por qué de ese no como si fuera invención mía para dañarles, y no algo que atiende a motivos palpables.

Tengo la sensación de que se me va la vida en un callejón estrecho entre el miedo y la aceptación irritante de cosas que ni son ni quiero mías.

jueves, 14 de agosto de 2014

Sesión V: Perderse en las páginas de tinta

Hoy, después de una noche menos condicionante pero con sueños sobre examenes de física que no existen, he decidido que me iba a perder en el final de un buen libro para no pensar. Llega este punto en el que uno se harta de no poder frenarse en uno mismo de pensar en algo o de tener el nerviosismo metido en el cuerpo, y es entonces cuando decides que las historias y las desdichas de otros, así como un final inesperado o uno feliz pueden mantenerte alerta pero de lleno sumergido en un mundo que ni siquiera existe en el mundo tangible, sino en el mundo de los sueños, de ahí de donde yo no consigo sacar nada demasiado bueno de mí misma.

Así, La Sombra del Viento de Ruiz Zafón ha sido mi refugio y mi cáncer, siendo espejo malicioso aquí y allá sin preocuparse demasiado de si me estaba dando una puñalada trapera, pero claro, es un libro, y si uno supiera lo que le depara la historia antes de empezar, no sería un buen libro. Por eso, similitudes aparte, y más de 550 páginas después, me ha quedado el hueco que me deja siempre el hecho de acabar un buen libro: te llena el desconcierto de qué hacer ahora. Y se inicia una búsqueda (que empezó con el primer libro de la vida de cada uno) donde buscamos un nuevo amor literario que a cañonazos o a lomos de un dragón, nos enamore de nuevo, nos enriquezca y nos dé la intriga que las cosas de la vida, por surrealismo o cabezonería, no nos ha querido dar. Para mi esa búsqueda empieza hoy de nuevo tras un buen sabor de boca con este autor y con la esperanza de encontrar en alguna librería el amparo de una historia cualquiera, o tal vez la mía, que evite que me coman los pensamientos y me remuerda la conciencia.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Sesión IV: Los problemas de los demás

Cuando uno se dedica a rumiar no sólo los problemas que uno mismo tiene, los que uno se crea y los que le aterra; para repensar también los problemas de la gente que tenemos más cerca, al final ocurre que nos dan ganas de coger a más de uno y decirle muy relajadamente que puede tener muchos años pero que su edad emocional se estancó en los dos años.
Hoy ha sido uno de esos días que me habían puesto de los nervios sin ni siquiera abrir los ojos, y si a eso le añadimos que hay alguien con un planning absurdo arremetiendo (el cual ni el mismo creador cumple por tareas añadidas aún más absurdas), mi estado emocional roza lo insoportable además de un precioso resorte añadido a mi pierna derecha que no deja de recordarme los nervios incipientes que no dejan de crecer.

Aparte de eso, la comida me sigue resultando algo a lo que tenerle respeto y no me atrevo a comer o a beber demasiado de golpe aún si tengo hambre, y me invade el miedo de volver a caer enferma. Intento comer pero algo en el subconsciente me dice: "Para o volverás a ponerte igual o peor de enferma".
Supongo que si esta noche consigo conciliar el sueño y dormir de seguido, mañana veré las cosas con más claridad.

martes, 12 de agosto de 2014

Sesión III: Cuando uno se harta de pensar

He estado dos días sin escribir, principalmente porque pasé tan mal rato la última vez que lo hice que no quería volver a experimentar esa sensación. Para qué mentir: empiezo a detestar esta tarea. No le veo la utilidad. ¿Para qué vas a querer pasar una hora al día pensando en preocupaciones que no son tal si llevas bien el día? ¿No es más práctico cortar esos pensamientos en el momento si nos vemos mal y seguir adelante? Sinceramente cada vez que hago esto pienso que es más dañino que beneficioso e intentaré dejar de hacerlo lo antes posible.

Pero mientras tengo que empeñarme en ello, he de decir que al menos he empezado a comer normal aunque luego me dé por pensarlo todo y yo sola me ponga nerviosa. Aunque al menos este fin de semana he tenido a mi familia y a la persona que más quiero a mi lado, apoyándome en cada cosa, cuidando de mi, picándome para que comiera o quedándose en vela si tenían que hacerlo para que yo me calmara y dejara de llorar. Y lo cierto es que después de llorar esa vez en silencio con la soledad de la habitación y él abrazándome, me sentí mucho mejor.

He de decir que no todo debe ser pensar en lo malo y que es de recalcar que para mi es muy importante el cambio de actitud que he visto en mis padres, porque han buscado una manera mucho más agradable de ser mis padres pero estando ahí, y aunque me haya costado una enfermedad y estar donde estoy, creo que merece la pena. Este fin de semana me ha servido para ver que tengo personas en mi vida que me quieren mucho y que me hacen muy feliz: el simple hecho de pasear por los pasillos de IKEA con mis padres y mi novio, viendo estoy y aquello e imaginando vivir en esos sitios, me hizo muy feliz. No sé qué haría sin ellos.

También es de mencionar que aunque he estado dos noches durmiendo acompañada de mi novio y las necesitaba porque me encontraba peor, anoche decidí forzarme a dormir sola en mi cuarto. No es que el primer día uno no se despierte de vez en cuando sobresaltado porque está solo, pero al menos es una manera de empezar a forzarme a las cosas, igual que con la comida, porque si no me fuerzo yo no lo puede hacer nadie en mi lugar.

Después de todo quedan muchos días por delante hasta mi próxima visita y posiblemente de aquí a entonces esté mucho más tranquila porque ya sabré a ciencia cierta que no me pasa nada más que muchos nervios y muchas cosas en la cabeza, y me reafirmaré en que todo esto de pensar las cosas tanto no soy yo. Las palabras no son para escribir tu historia tal cual, sino para escribir historias bonitas que cuenten algo, que lleguen al corazón y a los demás, no para llorar al lector que busca abrigo en las páginas de una buena novela, porque aún si el lector somos nosotros mismos releyendo nuestras palabras, no nos gustaría leer el miedo. Es como mirar a alguien a los ojos y saber que te odia o que te detesta: te miras a ti mismo y sólo ves lo débil que eras y que intentas cambiar, y para eso recrearse en las penas es completamente lo opuesto

sábado, 9 de agosto de 2014

Sesión II: El espíritu de la comida

Hoy voy a dedicar mi hora para las preocupaciones (la cual empieza ya a ser un castigo más que algo bueno) al pavor y pánico que me produce la coida y que se acrecenta con cada minuto que pasa. No puedo comer sin pensar en que tras el último bocado van a volver las nauseas y el mal cuerpo, el estrés que eso me provoca y la necesidad de llorar inmensa que me sobreviene después. Es tal el pánico que aún cuando como poco no puedo pensar en nada más, sólo en el después y en mi pánico a ello, en que me voy a caer gravemente enferma y volveré a una sala de urgencias a algún médico que no sabe lo que tengo, porque no entiende que quiero llorar (a ver si por suerte me vacio de todo lo malo que tengo y de repente vuelvo a ser yo).
Esa es la peor sensación de todas, que no me siento yo, no veo a esa persona alegre sino a alguien angustiado y triste que no sabe lo que necesita, pero necesita algo que calme el dolor en el pecho y la sensación de ahogarme en un vaso de agua. A la vez siento la necesidad imperante de no ser una carga para los demás estando mal, pero no puedo, no puedo controlarlo. Y me supera. Me supera no poder dominarme y atrasar infinitamente el dolor que no cesa.
Supongo que hoy no puedo mas, me supera la sensación de angustia y el mero hecho de pensar en ello me llena de rabia por no ser fuerte. Qué engañada estaba cuando creía serlo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Sesión I: El monstruo

Hoy he comenzado mi terapia para controlar todos los miedos que me atacan desde hace tiempo y he creído que ya que mi forma de expresión son las historias, es la mejor manera (acompañada siempre de una buena música que me haga centrarme en la escritura) de desatar mis monstruos y mis inquietudes, porque supongo que me ayuda mucho más el hablar conmigo misma a través de esto que el intentar escribir en un papel que puedo acabar garabateando como siempre que me pongo nerviosa.

No sé donde me ve a  llevar esto y supongo qu eso es lo que me preocupa en un principio, no en exceso, pero si me inquieta. No llego a concebir un yo sin esa parte irritantemente perfeccionista y ansiosa que llevo conociendo desde que tengo memoria, que me angustia, que me aprieta y que se materializa en un monstruo más grande que yo misma pero que duerme en mi pecho (no me preguntes cómo, sólo sé que está ahí). Ese monstruo ahora se está poniendo las botas, porque se alimenta de mi miedo a perderme, de mi miedo a perder a esa persona que los demás ven como alguien que se preocupa por los demás, y es buena persona, y no molesta con estados de ánimo decaídos porque siempre hay una sonrisa y unas palabras de apoyo para quien se encunetra mal. Ese monstruo sabe que la incertidumbre me abruma y eso le gusta. Esa incertidumbre me preocupa más por si dejo de ser yo, y ya no gusto a la gente y se dan cuenta de que una capa de porcelana ocultaba cenizas, como en uno de esos jarrones que la gente usa para tener a sus muertos presentes en alguna parte absurda de su salón, como para martirizarse con ello.

La cosa es que he aprendido a querer a ese monstruo, porque había veces que sólo estabamos él y yo en la oscuridad, porque era lo más parecido que ha estado de tener una mascota física; y lo que primero era un fantasma que se asemejaba a la parca o a cualquier demonio de novela negra, luego fue tomando más el aspecto de un bichito peludo que yo quería con locura, porque era al único al que conseguía hablarle, pero que si me veía desprovista de protección, me atacaba sin piedad. Aprendí a convivir con ello y ahora intento con esto echarlo de mi ser, aunque es obvio que no puedo reducirlo a escombros en dos días. Tiene demasiadas cosas y se ha acomodado muy bien aqui dentro.

Sin duda, después del cambio, lo que más me aterroriza es la enfermedad, el largo período que me mantiene lejos de mi frenética actividad habitual, y que me desquicia a partes iguales por el dolor que me causa y porque me deja fuera de combate, como si fuera espectador externo y etéreo de mi propia ensoñación surrealista, como los cuadros de Dalí que tanto fondo me parecen tener en ocasiones. Y con la enfermedad viene la muerte, un pensamiento que revolotea sobre mi estado de ánimo como los cuervos de Poe sobre el vano de la puerta. Ahora entiendo los terrores de aquel hombre que sólo se veía asolado por miedos que, aunque estaban en su cabeza, para él se materializaban en cuervos negros y agoreros que no le dejaban ver la luz. Lo más absurdo es que no me da miedo la muerte en sí, no por el hecho de qué o quién habrá detrás de aquello, sino porque miro hacia atrás y creo que después de todo lo que me ha caído en la vida, por no sé qué baraja de cartas endiablada, me merezco un poco de calma y felicidad: disfrutar de mi familia y de con quien estoy, de quien me hace feliz y me hace sonreir, de las cosas cotidianas como dar un paseo o verme bien en un espejo. No quiero perderme eso ni mi futuro en muchos aspectos. Me da miedo no vivir lo que me gustaría vivir.
De vez en cuando un abrazo o un rato me dan tregua para no pensar en ello, pero después de este mes y poco, ese pensamiento y ese cuervo han dejado de revolotear para posarse en mi hombro y susurrármelo al oído, acentuando lenta y tortuosamente mi miedo irracional a morir de un momento a otro y dejar por hacer todas las cosas con las que sueño.


Y después de la muerte, anda el fracaso, que no es más que alguien que lleva conmigo mucho tiempo, porque sé que para mis adentros, aunque reconocerlo me cueste la misma vida, lo que otros han celebrado como un éxito o algo que he hecho bien, para mi ha sido una ofuscación por no haber llegado al 10 si tenía un 9'5 por ejemplo. No quería defraudar a nadie, desde pequeña, porque siempre he pensado que haber sido una niña gordita en mi infancia y haberlo pasado mal había sido una molestia para todo aquel que estaba a mi alrededor, y bastante tuvieron con aguantarme entonces como para tener que soportar fracaso tras fracaso de mi vida.
Me acuerdo que cuando me gradué en 4º de la E.S.O. mis primas y mi familia más cercana me regalaron una pulsera y unos pendientes, y yo no podía dejar de llorar porque creía que por fin se había acabado el acoso escolar, pero también porque no dejaba de repetirme que no me merecía que me hicieran aquel regalo porque yo había hecho sólo lo que tenía que hacer, que era no defraudar a nadie. Aquella vez es de las pocas que he llorado delante de la gente.

A eso último es a lo que voy a dedicar el rato que me queda, porque siempre me ha parecido tan importante, que al materializarlo quizás me parezca absurdo y cese mi automachaque personal por ello. Para mi es norma fundamental que NADIE, bajo ningún concepto, me vea mal animicamente. Eso para mi es molestar a los que tengo alrededor y, por ello, un nuevo fracaso que me harto de rumiar más tarde a veces sin ni siquiera ser consciente de ello. De vez en cuando, más a menudo de lo que me gustaría y sobre todo en este mes, me he sorprendido con ganas de empezar a llorar y no parar, y siempre me daba razonamientos similares para posponerlo: "no deben verte llorar, les harás daño, harán preguntas." "No puedes permitirte llorar, las personas fuertes no lloran." y un largo etcétera de sinsentidos similares que para mi son como normas de vida. Hay que demostrar que se es fuerte ante todo, no importa como estés por dentro si los demás no pueden verlo. Es obvio que no siempre puedo posponerlo y de vez en cuando, cuanto más sola mejor, echo mi rato de llanto cuando todo parece que me ahoga y me sobrepasa, pero siempre intentando que sea lo más breve posible, tragarme el dolor o el miedo rápido, porque no puedo permitirme el perder el tiempo en estar triste o en hacer algo que se refiere a mi persona y no a mis obligaciones o a los demás. Porque en la lista de prioridades, por muchas cosas que haya, jamás me pondría yo delante: los demás son a los que debo dedicarme, hacerles felices si puedo...y yo voy detrás.
Supongo que por eso siempre he querido tener una mascota, un perro al que acariciar cuando las cosas me vinieran grandes, que me hiciera compañía sin preguntar, que pudiera llorar delante de él sin que se cabreara por no saber que me pasaba, solo que se sentara a mi lado y me dejara acariciarle. Siempre he echado eso de menos, y supongo también que esa sea la causa de que a veces cuando veo un peluche soy como una niña pequeña, porque aunque no me vaya a dar cariño, puedo abrazarme a esa cosa suave y dejar correr el mundo.

Creo que hoy ha sido un día que me ha hecho ver muchas cosas, que me ha hecho recapitular y darme cuenta sin que nadie tenga que decírmelo, el por qué estoy mal y he llegado a este punto de impasse. Mañana será otro día.


lunes, 16 de junio de 2014

Ignorancia

La ignorancia hace débil
al más fuerte de los hombres,
hiere la firmeza
y decaen las almas.
Con paso ligero
del jinete de la muerte
se acerca por la espalda,
con sangre la calmas.

Llana y solitaria
busca a la venganza,
recíproca y compañera,
sabida del mal ajeno.
Acusadas de delitos,
la una por fulana
de vagar con todo aquel
que cae en los montones de centeno,
la otra por perseguirla
cazadora y sanguinaria,
con monturas de óxido
y cuchillos enterrados en heno.

Salvadas por la mezcla
las hace fuertes el mendigo,
o el cobarde traicionado,
en cabeza retorcida.
Sólo el hombre sabio
no con golpe
sino trigo limpio,
en estocada plena
y a la luz de las velas,
ofrecerá a su amada, vencida.

jueves, 29 de mayo de 2014

El encuentro tras el ocaso



Pasadas las horas muertas mirando el trozo de papel carcomido por el tiempo con detenimiento, llegué a la conclusión de que nada malo podía venir a mí de aquel modo, pues Tom era todo lo que tenía y estaba a buen recaudo en la misma habitación en la que le había atisbado horas atrás. Supongo que perdí la noción del tiempo porque cuando miré por la ventana era ya día, aunque la luz poco se diferenciaba de la de la noche por las nubes que parecían que no se irían nunca.
Cogí el maldito objeto de mi desidia y estuve a punto de abrirlo sin más, sin darle importancia, pero la fragancia de aquel hombre misterioso me volvió a embriagar, me impregnó las manos y se quedó revoloteando en el ambiente, poniéndome el escenario de mi corta obra de teatro mustia de una mañana de viernes sin nada de especial. Al abrirlo una letra sin cuidado alguno y poco legible que rezaba una calle y un número que nunca había oído y que dudo que fueran correctas o que se encontrasen en Londres siquiera. Abajo del papel y viéndose que se había escrito en el último momento, como algo que había venido a la mente del escritor justo antes de que le robasen su manuscrito, observé que se indicaba Oxford Street sin más y una esquina que reconocí por su afamada taberna.
Recaí también que señalaba “a partir del ocaso”, lo cual me resultó lo más difuso de toda la nota si es que algo de verdad tenía sentido en todo aquello.
                Deambulé el resto del día sin prestar mucha atención a lo que hacía, dejando aquí y allá alguna que otra taza de té sin terminar o libros abiertos por una página al azar. Me dominaba la curiosidad y Tom lo apreciaba, pero en su solidez no quiso perturbar mis vuelos, y me dejó soñar despierta las veces que mantuve con él conversaciones fugaces y efímeras desde que se levantó de su letargo hasta mi partida. Llegado el momento me tomé mi tiempo para acicalarme sólo lo justo: no era de la clase de mujeres que llevan el pelo recogido tan tenso e incómodo como los corsés, yo era más bien un alma libre, dejaba mi pelo a merced del viento y poco me importaba si algún que otro hombre descaradamente observaba mi camisa sin acabar de abotonar o una ropa interior más decorada de lo habitual.
Cogí la falda de color rojo sangre en honor al pañuelo de mi misterioso visitante, la camisa blanca de Tom milimétricamente almidonada, una chaqueta y mi sombrero favorito, y salí de nuestra casa sin preocuparme mucho de si se cerraba bien la puerta o de si alguien iba a necesitar de mí en las próximas horas. Sí es cierto que salí a una hora pasada el ocaso y cuando se acercaba más a la medianoche que a al día que había corrido, y paseé sin miedo hasta llegar a la calle, que se hallaba desierta a excepción de por los borrachos que volvían en busca de sus mujeres dando tumbos.
Anduve por la calle sin detenerme en ningún lado en especial, con la suerte o la desdicha de que no sabía ni lo que buscaba ni qué hacía allí. Por un segundo y en esos pasos que ya había mecanizado, retomé un poco la cordura y me dije a mí misma que estaba loca si creía que de todo esto iba a salir algo bueno o siquiera decente, aunque, como siempre, ese estado no duró mucho y retomé mis aletargados pasos con más decisión que antes. Y en esa decisión atisbé a lo lejos un carruaje aparcado en frente de la esquina que yo había reconocido, del cual salió un mayordomo muy bien arreglado.

                -¿Una taza de té, señorita Andrews?-dijo el hombre con total convencimiento.

Respondí un no aturdida por el hecho de que aquel hombre supiera mi nombre, y me subí al carruaje, donde me siguió el hombre con una sonrisa en la cara. Fue allí y durante un camino que se me hizo eterno, cuando empecé a apreciar los matices de aquel hombre que se sentaba frente a mí: las canas inundaban su cabellera dejando ver un magnífico pelo rubio de antaño, penetrantes ojos grises espejos de alguna tristeza que supuse era demasiado profunda, sonreía por inercia pero , cuando tuvo un descuido, pude ver un semblante serio y perturbado. El traje que me había parecido de lo más normal, sin embargo, iba ribeteada en hilo de plata con el mismo símbolo repetido aquí y allá.
Poco a poco salí de mi aturdimiento por el barullo de sensaciones y emociones que se amontonaban en mi cabeza, zumbidos incesantes de mi desajuste intrínseco, y fue en ese despertar que recaí en que llevabamos un rato parados en medio de la nada y con un gran caserón en frente. 
El mayordomo me ayudó a bajar, aunque fue más una concesión mia hacia su honra que un ayuda real. Y cuando salí de la oscuridad, una enorme escalera flanqueada con candiles y engalanada para la ocasión, me sorprendió y me engulló de golpe. 

El hombre de la carta, mi mensajero y pecado, me esperaba en la puerta, impertérrito y majestuoso, con un traje elegante y sin pañuelo, como esperando que le devolviese lo que era suyo, cosa que no tenía intención de hacer, porque sólo le había concedido un pequeño punto en nuestra batalla.

                -Querida, confiaba en que vendrías pero tenía una duda existencial sobre el pañuelo, pero veo que me has concedido la mayor de las provocaciones. Siempre he alabado eso en una mujer. Quizás el punto que me habías concedido, te lo has ganado a pulso.

No me inquietó que supiera de mi, que me conociera ya bien, pero me asustó su sonrisa, esa que, al entrar en la casa, creía que no vería, pero que un espejo traicionó.

jueves, 22 de mayo de 2014

A medianoche



Dejé inconclusas todas las notas de aquella tarde de lluvia y hastío por las penas de no poder olvidar el amor que se hallaba lejos en los brazos de un dios temporal y pasajero, como las brisas del desierto que no cesan. Me atreví en un susurro a atravesar el pasillo largo y complicado que articulaba nuestra casa, aquel pasillo que temía desde que tenía uso de razón y el cual era testigo de la velocidad de mi pasmo. Al atravesarlo, la puerta entreabierta me dio la calma con el atisbo de una silueta que se alzaba y decrecía lentamente por la respiración pausada. Todo Tom era paz mientras que yo era un caos de ideas y sentires que hasta a mi me costaba descifrar, y aquella imagen de sosiego lo dejaba claro ante mi preocupación absurda.
Volví a tientas, para no despertarle con luces inoportunas, aunque era bien conocido que ni mil elefantes indios despertarían a Tom aquella noche de sueños en los que los campos que jamás había conocido, se hacían realidad. Me acomodé en mi sofá, ese estilizado y con unas enormes orejeras que no habían sentido mi cabeza pesada por el sueño nunca, que estaba en la esquina de nuestra biblioteca como quien deja un trapo en cualquier rincón de la casa por error. Yo lo odiaba bastante al principio, pero con el tiempo se convirtió en el compañero fiel, de terciopelo rojo, de mis noches en vela.
El cuervo del reloj de pared me miró descarado, como el de Poe sobre el vano de la puerta, pero ignoré su persistente paseo por mi rostro para intentar sumergirme de nuevo en alguno de los libros de la biblioteca de nuestra casa, llena de obras que yo había desgastado con los años y que Tom apenas miraba (creo que por el miedo a que sus sueños ya no fuesen tan bellos).
                Un golpe sordo y firme llegó a mí, queriendo imponer su presencia en mi relativa calma para llenarla de incógnitas que no sabía si quería despejar. Decidí ignorarlo y concentrarme de nuevo en los versos de Baudelaire. Otro golpe. Resonaban en mi cabeza las palabras de mi maestro  “La tranquilidad es un mero puente entre dos mundos de caos” solía decir cuando me veía tan taimada a ratos, sabiendo que poco después sería presa del pánico o de un miedo atroz que poco podría rebajar.
Decidí aprovechar mi posición de ventaja para asomarme al cristal de la ventana, que se empañó de inmediato con el calor de mis labios y el frio del crudo mes de Enero británico. Antes de ver la puerta, vi el cielo, que milagrosamente se había despejado un tiempo, y supongo que tomé eso como una señal divina, o simplemente le di a mi curiosidad las llaves de su libertad. Fuera como fuese, anduve lentamente hacia el rellano con pies de plomo después de haber visto una silueta que nada me decía desde las alturas.
                En la puerta, inmóvil como estatua de piedra, se hallaba un personaje particularmente cobijado del frío con una gabardina beige, abotonada hasta arriba, pero que dejaban ver un traje de tweed verde oscuro que hacía juego con sus ojos, y que estaba cuidadosamente colocado sobre una camisa de seda y un pañuelo rojo sangre. Me recordó a un dandi, a un Don Juan moderno que se había atrevido a aparecer por mi morada a altas horas de la madrugada, con el porte de quien se ha levantado temprano después de un descanso reparador. Mi silencio no le molestaba, tampoco mi mirada que paseaba de aquí para allá, deteniéndose en los detalles que me parecían más recalcables, obviando todo aquello que me parecía insignificante para una personalidad que gritaba a los cuatro vientos que era diferente y que no iba a cambiarla por nada del mundo.
Noté que sus ojos se paseaban lentamente por mi rostro, por la melena alborotada, por el medallón que colgaba sobre la camisa, por mis manos y por mis pies descalzos. Y cuando se creyó satisfecho, dejó que mis preguntas se respondiesen solas con el mero hecho de dejarme seguir allí plantada en la puerta, y con él pasando frío al otro lado del umbral.
Y entonces recaí, que quizás esperaba a que lo invitase a entrar, no como acto de cortesía, sino como necesidad. Y debió ver el pánico en mis ojos, o algo le hizo que se hartara de aquel gélido aire, que pasó sin más y cerró la puerta para que yo dejara de tiritar. Y entonces hizo algo que no creía capaz de hacerme sentir bien: me abrazó. Duramente recordaba la última vez (que creo inexistente) que un abrazo dejaba de ser algo ajeno para ser algo de dos. El calor me empezó a inundar con dulzura primero, con vigor después; sus manos pasearon por mi espalda lentamente, como un ciego que estudia el rostro de alguien desconocido, y se acostumbró a ciertas zonas en las que simplemente hacía círculos o me atraía hacia sí con más presión. Fue en ese momento que dejé de contener el aliento, acto inconsciente por mi parte, y también el momento en el que Tom profirió un terrible ronquido que asustó a mi visitante y le hizo alejarse lo suficiente como para mirarme a los ojos con un poco de miedo.
Y cuando me miró, fue como ver el cielo de un vistazo eterno, como recorrer el firmamento en un segundo y sentir la pequeñez que pesa. El pelo, negro azabache, se peinaba a voluntad y enmarcaba un rostro de facciones definidas por unos labios carnosos y unos ojos que no podía sostener. Quise besarle como nunca había besado a nadie, pero volvió a ser él quien se adelantó de una manera inesperada: sacó una nota pulcramente doblada de su bolsillo, la puso en mi mano deteniéndose en cada roce, me dio un beso fugaz en la mejilla…y se fue.

jueves, 15 de mayo de 2014

Un sentir particular.

Inoportunos silencios
en los albores del mundo,
en las ráfagas de vida, 
en los amores pasajeros.

Pérdida marchita
de un sentido moribundo,
podrido de ira,
sarcásmo de mensajero.

Volantes de uranio,
pozoñoso el calor
y mechado el daño.
Aires de ti
en suspiros de los otros,
en tus caricias me baño.

Breve gozo,
breve beso
y breve el deseo
de anhelo,
de mentiras
y de gloria.

jueves, 8 de mayo de 2014

Canto a las luces y a la vida infinita



Creídas iniciadas
las delicias de la vida,
y consumada
la más soberbia de las inquietudes,
me dispuse
en cobarde intento
a empezar a jugar
al juego de la muerte.

Si bien vivía y reconocía,
no eran serias las corduras
comedidas y desleales,
acérrimas de la palabra
apodada desvarío.

Era cada triunfo mío
un logro suyo,
y cada derrota
igual para su antojo,
que no diferenciaba
y se arrojaba,
loca rematada,
a tomar de mi vidrio
un sorbo salado.

Cada día era en vano
y le llovían borbotones
con mi nombre
y mi delirio.
Bebía sin saciarse
todo momento que podía,
como elixir dulce
que poco a poco la vencía.

Era vicio el momento culmen
de la espera desesperada,
planeaba en mi otoño
el jolgorio absoluto,
se mofaba de mi
desde la altura prudente
como si pudiera cogerla,
o acaso quisiera
con mis manos llevarla a su suerte.

Y fue al final,
cuando mis ojos entornaba,
que vi que eras tú quien me llevaba
dulcemente a la paz.
Hice de sus victorias mi batalla
y gané la última de todas
para ser eterna
en lo etéreo de tus recuerdos.